Últimamente me he puesto a pensar en el verdadero valor de
las cosas. Creo que nuestro sistema económico está mal, es una locura carente
de sentido.
¿Por qué demonios el valor de las cosas no se mide en
nuestro amor por las mismas?
Nos enseñan a creer, ciegamente, en el dinero. Entre más
vale algo, mejor, entre más acumule, más valgo como persona. Una casa, un
hotel, un país.
¿Y cuánto de eso verdaderamente queremos? ¿Queremos una casa
tanto como se quiere a un amigo? ¿A una guitarra? ¿a una mascota?
¿Queremos realmente el dinero? ¿Lo utilizamos, o nos
utiliza? Si no le tenemos aprecio a un carro, ¿por qué envidiar el del vecino?
¿Por qué robar? ¿Por qué aparentar? ¿Por
qué consumirnos enteramente en la profundidad de lo inalcanzable?
Si se pudiera pagar con amor, con amistad, con colaboración,
con empeño hacia lo que hacemos, ¿no sería más valiosa nuestra compra? ¿No
sería nuestro intercambio algo de verdadero valor? ¿Por qué no dejar que las cosas sean sencillamente herramientas,
y quitarles así la importancia tan absurda que les damos?
Así no existiría la codicia, nadie podría acumular todo el
cariño del mundo, al menos no del verdadero. Y podríamos dejar de engañarnos a
nosotros mismos, pensando que el dinero alguna vez nos hará felices.
No hay comentarios:
Publicar un comentario