Comemos de las migajas que caen de la mesa de nuestra propia vida, mientras nuestras visiones disfrutan del gran banquete de nuestros sueños, pero ¿por qué?, es sencillo, es fácil. Nos gusta lo fácil, nos enseñaron a perseguirlo y a terminar las cosas cuanto antes. Nos enseñaron a tener metas y a llegar a ellas lo más rápido posible sin volver a ver el paisaje que pasa desapercibido mientras las visiones egoístas nos nublan la mirada. No disfrutamos nunca del proceso y aprendimos a no ser constantes porque no soportamos la idea de un proceso que nunca termina.
Nos enseñaron a ocupar una casilla, un número y a ver aquellos impresionantes atletas, músicos, pintores y personas que pueden controlar su carácter como si fueran extraterrestres. La frase más conocida: "eso es imposible, al menos para mí", es la frase que nos enseñaron a creer.
La comodidad, somos presos de nuestras decisiones porque siempre decidimos no avanzar, porque es doloroso, cansado y frustrante y porque además no representa un negocio para algunos. Lo grave del asunto es que estamos cómodos y aparentemente felices en nuestra zona de confort, donde todo esfuerzo es pasajero y ademas imposible de disfrutar, donde no debemos arriesgarnos, donde nos quieren aunque nos hieran, donde llegar todos los días a trabajar sigue siendo poco alentador pero satisfactorio para nuestros estómagos, la zona donde no hay movimiento, energía potencial que se transforma en una lenta agonía.
La comodidad, ese ciclo interminable donde el error es la única constante y nos aliviamos visionando sonrisas que nunca llegarán porque el futuro siempre solicita nuestra atención. El mañana que nos asusta no existe, lo creamos como lo queremos para no sentirnos amenazados, inamovible actitud de miedo y de pereza que nos impide incluso imaginar hasta donde tienen alcance nuestras obras.
La comodidad es un sueño, a falta de felicidad, estémos cómodos.
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